• Martes, 22 Octubre 2019

Aficiones que llenan la vida

Es complicado que nadie en La Rioja Baja no conozca a Raúl. Se deja ver. A sus treinta y dos años (recién cumplidos el pasado 6 de septiembre) es un gran amante del balonmano, del fútbol (su mayor fallo, dicen algunos, es ser del Madrid) y de cualquier cosa que le haga estar por la calle, disfrutar de sus amigos y no entrar en casa.

Tiene una discapacidad, sí; pero la silla de ruedas, que maneja con maestría, le ha dado más cosas de las que le ha quitado. “Si no fuese como soy, te aseguro que no conocería a tanta gente como conozco”, nos dice, y razón no le falta. “Quizás me gustaría salir más de lo que salgo… hacer más viajes con mis amigos, pero poco más”, nos cuenta delante de una cerveza con limón en la cafetería de las piscinas municipales de Autol, cerca de su pabellón, el lugar donde él es feliz y donde es imposible hablar más de dos minutos sin que nadie venga a saludarlo.

“Me tienen que ayudar desde primera hora de la mañana”, dice. Su madre es el motor que pone en marcha su vida a primera hora de la mañana. “Ella me levanta, me viste y me pone el desayuno”, nos cuenta. Eso es más o menos a las ocho y cuarto de la mañana. Un Actimel, que la leche no le sienta demasiado bien. Lo reconoce “ella es la que ha conseguido que sea así, siempre me ha animado a que haga cosas, me ha empujado a que no le tuviese miedo a nada”, dice reconociendo la labor de los cuidadores de personas con discapacidad.

Después coge el bus para ir al centro Áncora. Es su segunda casa. Montaje de tornillos, diferentes talleres, limpieza de cápsulas, no hay horas para tantas actividades. “Nombra a Ana Belén Yustes que es mi monitora”. Dicho y hecho. “En el centro Áncora soy feliz, estamos todo el día haciendo cosas, allí todos somos iguales y eso da mucho gusto”, nos cuenta.

A las cinco ya está de vuelta para Autol. “En verano como todavía es de día salgo a la calle, a dar una vuelta y en invierno me meto en casa a ver la tele siempre que sea algo de deporte, ni series ni cosas de esas”, nos dice.

Una de sus pasiones es el balonmano, desde los catorce años ayuda a los entrenadores de los equipos catones. A lo que haga falta. Su compromiso es férreo y no falta ni un solo día.

El equipo de fútbol de Autol también es una de sus aficiones. Junto con el Madrid y el Huesca son sus equipos de cabecera. “Esto se lo tengo que agradecer a Victor Merino que es como si fuese mi hermano: me ayuda, me lleva, me trae, me llama para echar un café…”, nos cuenta.

Su lista de amigos es interminable: David, Nacho, Miguel, Melania, Marta, Andrea, Isabel, Sandra, Elena, María… podríamos escribir una lista infinita con nombre, dos apellidos y apodo, si lo hay.

Reivindicativo y un poco gruñón recuerda que el ascensor del ayuntamiento de Autol se puso gracias a su insistencia. “Si querían que fuese a la comisión de festejos no había otra solución”, dice. “También es verdad que siempre que tengo alguna queja me la solucionan”, asegura. ¿Lo que más le duele? Lo tiene claro: “que la gente vea antes mi discapacidad que a mi, así es imposible que la integración sea nunca total y real”. Él hay con gente que lo consigue.

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