• Miercoles, 01 Abril 2020

Cuando Facebook era Facebook

/OPINIÓN/ /VICTORIA MATEOS/

Allá por 2008 inicié mi periplo en la red social Facebook. Entonces me pareció una aplicación revolucionaria, animaba a todos mis conocidos a darse de alta. Era una ventana abierta donde poder compartir mis momentos de ocio con amigos y conocidos y al mismo tiempo saber y ver cómo pasaban ellos su vida, de una forma que antes no podía. En aquellos primeros años utilizaba con frecuencia el buscador, haciendo memoria de nombres y apellidos ya olvidados, para ver si encontraba aquellos amigos de los que la vida me había ido alejando. Hubo reencuentros verdaderamente felices y pude volver a contactar con gente de la universidad a los que hace años había perdido la pista.

Se puede decir que durante unos años Facebook era un mundo de color y fantasía y nada queríamos saber de las opciones de privacidad (ni falta que nos hacía) porque precisamente lo que deseábamos era que todo el mundo viera lo geniales que habían sido nuestras vacaciones o nuestros findes y mostrar lo guapísimos que estaban creciendo nuestros retoños. Nuestro muro se llenaba de mensajes bienintencionados cuando sucedía una catástrofe y te deseaban feliz lunes con una bonita frase.Ni que decir lo eficaz que era para cotillear vidas ajenas, porque no solo se buscaba a los amigos perdidos, sino a los exnovios o exnovias, al chico o chica que nos había gustado a los quince años o a ese compañero que nos caía tan mal. Un lugar estupendo para pasar un rato de tarde, manta y sofá.

Pero todo fue poco a poco cambiando. Facebook se globalizó y todos los medios de comunicación, empresas, partidos políticos, tiendas u otros negocios vieron la potencialidad de esta red y comenzaron a utilizarla para difundir sus noticias o vender sus productos. Surgieron los grupos, creados en principio con una finalidad banal y lúdica: compartir recetas, reencontrarse con antiguos alumnos de colegios o universidades o vecinos de un municipio concreto que querían reivindicar las bondades de su ciudad. Duró poco la alegría. El buenrollismo que imperaba al principio, la cortesía ante opiniones que no se compartían y la buena educación, dieron paso a los insultos, a la crítica despiadada, o a las burlas por las faltas de ortografía. Todo ello amparado por la valentía que proporciona el escribir desde tu casa, sin mirarte a los ojos.

Entró la política en juego. En estos tiempos tan convulsos que vivimos en la sociedad española, Facebook resultó el altavoz perfecto. Mi muro comenzó a llenarse de post de unos y otros compartiendo aquellas noticias que iban a favor de su ideología política. La política se iba metiendo en todos los resquicios pero de forma burda y tendenciosa. En muchos casos los post compartidos provenían de dudosas fuentes con titulares sacados de contexto que solo pretendían agitar los ánimos. Comenzaron las fake news y la crispación comenzó a subir algún grado, o por lo menos así lo he vivido yo. Pasé de echarme unas risas ante las ocurrencias, memes y vídeos tontos que colgaban mis amigos, a ponerme como una moto por las burradas que se compartían como ciertas o por comentarios a determinados post.

Con estoicismo he aguantado comentarios xenófobos, homófobos y machistas. Lecciones de derecho de quienes no saben de leyes y de economía y educación de quien no sabe hacer la o con un canuto. Porque claro amparados en un cierto anonimato hay quien se viene muy arriba. Al principio empiezas a intentar debatir, a explicar que tal noticia no es verdad, a argumentar cuando es un tema que controlas o tienes datos, pero con algunas personas ves que desaprovechas energía, las posiciones no se mueven y además se te empieza a subir la bilis.

En mi caso el resultado ha sido que ante la imposibilidad de debatir de forma cordial con algunas personas con las que un día me unieron intereses y simpatías, he decidido bloquearlas definitivamente, aunque con dolor, o utilizar el silenciado por un mes cuando pienso que todo no está perdido. Triste balance no obstante.

No sé qué nos está pasando como sociedad, pero no me gusta en lo que nos estamos convirtiendo. No puede ser que la forma en la que nos comuniquemos, la forma en la que expresemos nuestra ideas y puntos de vista pase irremediablemente por escupir al que no piensa como nosotros. Triste legado para nuestros hijos.

Quiero ser optimista y por ello sigo siendo usuaria de Facebook, aunque haya blindado mi privacidad, y haya decapitado a algunas personas por el camino, porque la idea me sigue pareciendo una genialidad a pesar del pésimo uso que le estamos dando.

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