• Martes, 18 Febrero 2020

Una manifestación digna de película de Berlanga

Eran las nueve y media de la mañana cuando todo el mundo empezaba a coger posiciones en Calahorra. Los GRS llegados desde Zaragoza (se habían levantado a las cuatro de la mañana para acudir a Calahorra), la Guardia Civil, la Policía Local, el helicóptero, los agentes de paisano de información, móviles en los balcones, cámaras con la batería a tope, los manifestantes (cinco en un principio, doce en total en todo el recorrido), y los que los esperaban en las calles: unos por puro cotilleo, otros para manifestar su repulsa ante la manifestación y otros para… ¿quién sabe para qué?.

Antes, los accesos a la ciudad estaban controlados. La carretera de Navarra y la salida de la autopista especialmente. Se identificó a muchos coches que llegaban a Calahorra pero no se retuvo a nadie, a pesar de lo que puedan decir los manifestantes.

Diez en punto de la mañana. A poco que alguien se hiciese un pequeño recorrido andando por la ciudad se sabía donde iban a estar los puntos conflictivos: salida, antiguo cuartel de la Guardia Civil, Ayuntamiento y llegada.

Los representantes de Hegoalde comenzaban a realizar declaraciones cuando el helicóptero sobrevolaba la zona. Contraprogramación en toda regla; incapaces de escuchar lo que decían excepto frases sueltas: “dialogo sin condiciones”, “condena excesiva”, y un poco más de lo mismo de lo que se oyó hace unos días en su rueda de prensa. Una representante de Omniun Cultural con la cara desencajada. “¿Dónde me he metido?” parecía preguntarse.

Desplegaban en ese momento su pancarta: una sábana, un spray rojo y unas faltitas de ortografía, que no falten…no vayan a pensar que conocemos bien el castellano. Mientras, los ciudadanos que esperaban en las inmediaciones de Valvanera aplaudían a los efectivos que comenzaban a desplegarse. Numerosos, necesarios (de no ser por ellos se hubiese liado) y experimentados: algunos de ellos han estado en manifestaciones en Cataluña con cientos de miles de personas congregadas.

Desde los efectivos policiales se les dio la opción de no salir viendo que sólo doce personas estaban dispuestas para hacerlo. “Tenemos el permiso”. Pues adelante. El sinsentido hasta el final. Mientras, se escuchaban insultos desde las aceras: terroristas, asesinos, violadores, y ‘vivas España’ de las 200 personas que calcula la Guardia Civil que estuvieron a lo largo del recorrido. “¿Dónde están los doscientos que ibais a traer?”, preguntaban algunos desde las aceras.

Uno de los momentos más tensos llegó en el antiguo cuartel. “No pasarán”, decían unas cincuenta personas que se ponían delante de la manifestación impidiendo el paso a los convocantes. Los efectivos antidisturbios hacían su labor a pesar de que les cayó algún escupitajo que otro que iba dirigido a los manifestantes. Lograron deshacer el tapón formado y así proseguir el recorrido. Antes de emprender la llegada al ayuntamiento entre la gente de las aceras se intentó entonar el ‘chorra’. Pocos sabían seguir con el himno popular calagurritano lo que da una idea de las personas que había de Calahorra y las que habían llegado de fuera. Gente con banderas españolas de Logroño, de los municipios de La Rioja Baja, de la Ribera de Navarra, de Zaragoza… incluso de Cataluña. Algunos repartiendo merchandasing: pins, banderitas, pulseras…

Despué,s al ayuntamiento, donde los manifestantes se volvieron a ver rodeados, y paso a calle Gallarza por la que fueron ya no por la carretera sino por la acera, protegidos en todo momento por las fuerzas de seguridad. “¿Y esto quien lo paga?”, se preguntaban algunos.
Donde había empezado todo, en Valvanera, llegaba el final de la manifestación y nervios de muchos a flor de piel. El final fue quizás el momento de más tensión. Cuando el presidente de Hegoalde en La Rioja se montó en el coche, cuando se oyeron ‘a por ellos’, cuando la luna del coche del representante del partido político en Calahorra fue reventada…Y después las fotitos de grupo, de recuerdo, como los que vienen de un concierto…

A la media hora Calahorra daba muestras de volver a su vida normal en el Mercado navideño. Había que compensar con paz y amor lo que se había vivido a primera hora de la mañana.

Una manifestación sin sentido; solo digna de una película de Berlanga.

 

 

 

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